Resulta extremadamente fácil trazar las líneas definitorias de un género
como el gore. Si el western necesita caballos y vaqueros, la comedia musical
canciones y porno sexo real, el gore queda inmediatamente acotado cuando la
sangre, las vísceras y las mutilaciones se hacen dueñas de la pantalla. No hay
más coartadas. El gore es el reino de la hemoglobina y el humor macabro. Como
ha señalado John McCarty, uno de sus teóricos más importantes, parafraseando la
famosa máxima de McLuhan, en el gore la mutilación es el mensaje.
Como ocurre con todo género, su radical codificación le presupone una clientela fija y entusiasta, pero representa también su mayor peligro. La lenta aunque progresiva evolución que da sufrido desde sus orígenes hasta nuestros días no ha hecho más que poner al día un
